viernes, 14 de julio de 2017

Viñetas de sueños

Columna de un templo sumergible: un dios egipcio con cabeza de tiburón blanco, junto a otra estatua de un dios murciélago (mezcla de del Camazotz maya y Mictlantecutli).
*
"Motion device" en la nuca de Han Solo. Permite reprogramar y controlar mentes. Es una pantalla parecida al display del artillero del Halcón.
*
Nos vamos a la playa. Antes de partir, entre las cosas que empacamos, ponemos los souvenirs, de modo que no tengamos que comprarlos otra vez en nuestro destino.
*
Paseamos por un mercado de pescados y mariscos junto al mar. Los pescadores vacían cajas de camarones, almejas, etc.  En una de esas cajas traen un animal humanoide, del color de la carne de almeja, y de la misma textura, con la parte superior del cuerpo no mayor a la de un niño de 10 años. Su cabeza parece una ostra, de la que se distingue una boca que abre y cierra dolorosamente a medida que muere. La parte inferior del cuerpo se parece a la cola de los camarones o las langostas. Los pescadores se reúnen en torno a la caja y gritan "¡sirena, sirena!"
*
Traducí un poema largo con tema de Jonás. Los últimos versos eran: "Oh, Medusa / tarda aduanera".
*
La retórica de ventas se apropió la retórica revolucionaria. Un raro triunfo del mercado: hacernos participar de él mientras nos dice que somos libres. Converso al respecto con Mandelstam, quien por otro lado ha dejado de creer en la revolución.
*
Preparativos para un viaje a Japón. Llevo una pulsera rarámuri para regalar, pero no sé a quién. De alguna forma se trasluce un mensaje laboral: no es que mis clientes no confíen en mí, sino que confiarían lo mismo en mí que en otro cualquiera.
*
Entro a orinar a un mercado donde unos viejos peluqueros discuten el asunto de los 18 hijos. Cabezas engominadas en fila frente a un espejo. Luego, libertad de los peces koi que viven en la inmundicia de las alcantarillas. Entretanto conozco a una chica muy guapa que me gusta mucho y a la que yo le gusto también. Cuando nos despedimos la abrazo con torpeza, lo cual me hace sentir nostalgia, pero no sé muy bien de qué.
*
Voy tarde a una lectura de mis poemas, pero no voy estresado. Pienso qué voy a leer o si voy a performancear o qué, cuando me doy cuenta que definitivamente nunca llegaré a tiempo. Eso no me impide seguir pensando posibilidades para la lectura ya imposible.
*
Storm y Rogue: las nubes de tormenta crean una película de piel incorpórea para la muchacha inasible. Se besan en las alturas mientras van cayendo, como águilas.
*
Chabelo llora frente a un metro vacío que se aleja por el túnel. Debería ser gracioso, pero no lo es.
*
Fiesta en casa de mis padres. Mamá carga a Lucas. ¿Su bautizo? Lauri me pide que le sirva un trago. X. me parece especialmente molesto con su monotema de siempre, y como siempre, lo escucho. Luego llegan un par de policías en bicicleta, con quienes me porto sumamente hostil, pero por alguna razón no les pido sin más que se marchen.
*
Pasan por la tele la historia de un ídolo pop que se volvió dictador de algún país.
*
Encuentro al amigo que finalmente puede llevarnos a donde sí. Pero sin recordar el token la imagen se incendia, se deseca, se autodestruye en mis esfuerzos por recordarla, pues no puedo anclarla a nada. Y no sabría describir la parte que sí recuerdo; como inferir por la forma de la hoja la del árbol.

miércoles, 7 de junio de 2017

Notas de lectura sobre "Bla" de Juan Manuel Portillo

Robert Motherwell

La interjección "bla" es utilizada en el habla coloquial para recordar la presencia de la palabra: no es la palabra fragmentada propiamente, no es un pedazo, sino algo que hace la voz para recordarse cómo suena, un pie rítmico pero no el verso entero, la oreja sin taza, un estornudo articulado, apenas un manchón de palabra, de algo que podría ser una palabra pero decide no serlo, bajarse del tren de las significaciones y ocupar un espacio negativo en el registro del sentido.

La elección de una elocuente mancha del gran Motherwell para la portada de Bla, de Juan Manuel Portillo (Manosanta, 2016), nos hace comenzar la lectura sin predisponernos a figuraciones forzadas, sin prejuicios, podría decirse, porque nombrar ya es introducir previamente, de avanzada, un juicio, un sentido unívoco a la dirección del palabrar. Así comienza, avanzando a tientas por la interrupción, por el crujido de la página, de la hoja, de la metonimia de bosque, denuncia del árbol que se pre-siente, vitral sin luz, onomatopeya del rumor: blablabla, la dramatización o sobreactuación de un tono puesto en el lugar de un discurso, "figuritas de luz que se filtraban en el duermevela", balbuceos, umbrales.

Ni siquiera en los paisajes aparentemente fotográficos y referenciales de Portillo tiene lugar el discurso: "escuchar el viento a la velocidad del viento" quiere decir eso mismo, dejar que pase un viento sin palabra, con tesitura y temperatura y ruido de viento a cuestas pero sin anteponerle un significado definitivo que limite su correr, ni siquiera uno del espesor de una mariposa; y cuando la densidad se vuelve nombre, "el plomo cae por su propio peso", las balas documentan su rugido fugaz, rápidas como el motivo del viento al que sobreviene un grito, "la amenaza latente, siempre latente/ de que un grito interrumpa esa blancura", pero sin clausurarla del todo: mancha que instala una discontinuidad en el blanco, antesala del manchar, blablido, blablar, "rojo sobre rojo" en la negrura de la palabra que mancha el cuaderno rojo de trabajo, imagino, como estos que yo mismo uso para blablablear desde hace años, para repartir ese recorrido que no puede hacerse de una sola vez, para instalar moradas provisionales de sentido pero sin agotarlo, roadtrip de la luz, postas del camino a la luz de la luna, "la enorme luna roja de solsticio de invierno/ cernida sobre la ciudad", espolvoreada de brillos sin fulgores dramáticos, sin épica, sin punchlines, herida que nace cicatrizada, "la sorda intimidad de la frase" que clausura la posibilidad de la estrofa para no ponerle puertas ni ventanas al viento de la interjección, de la imagen casi ruido, de la palabra que, naciente, se agota, se ablanda, pero incapaz de sobreponerse al ruido circundante, se deja exhalar en la inercia de la voz, pues "en temporada alta más vale andarse por las nubes/ o bajar la voz/ para no interferir en los mensajes."

Cuatro poemas de Bla en Nueva Provenza.

lunes, 16 de enero de 2017

Reflexiones sobre el fascismo democrático: Alain Badiou

Transcripción de la charla ofrecida por Alain Badiou el 9 de noviembre de 2016 en la Universidad de California en Los Angeles, como parte del programa de Teoría Crítica Experimental del Centro de Estudios Rusos y Europeos. (Tomada de: http://mariborchan.si/video/alain-badiou/reflections-on-the-recent-election/)

Pensaba acerca de la poesía francesa, que está en una obra de Racine, de hecho. Es una frase hermosa, hermosa. En francés: “C’était pendant l’horreur d’une profonde nuit”. En castellano: “Fue durante el horror de una profunda noche.” Tal vez Racine pensaba en la elección de Trump. Fue durante el horror de una noche profunda. Y así, se volvió una obligación para mí el hablar, el discutir, esta clase de acontecimiento, en un sentido negativo, pues es imposible para mí estar aquí frente a ustedes y hablar de algo muy interesante en términos académicos. Creo que es necesario pensar, discutir, qué ocurre durante el horror de una noche profunda, la de ayer.

Saben, para mí, pero creo que para mucha gente, ha sido, en algún sentido, una especie de sorpresa. Y nos encontramos a menudos, en esa especie de sorpresa bajo la ley de los afectos: miedo, depresión, enojo, pánico, y demás. Pero sabemos que filosóficamente, todos estos afectos no son realmente una buena reacción, puesto que de alguna manera, son demasiado afecto de cara al enemigo. Y así, me parece una necesidad pensar más allá del afecto, más allá del miedo, la depresión y demás —pensar la situación de hoy, la situación del mundo de hoy, donde algo como esto es posible, que alguien como Trump se convierta en presidente de los Estados Unidos.

Así pues, mi objetivo esta tarde es presentar, no precisamente una explicación, pero algo así como una clarificación de la posibilidad de algo como eso, y también algunas indicaciones, puestas a discusión, concernientes a lo que debemos hacer a partir de ello; lo que debemos hacer, que no está precisamente bajo la ley del afecto, del afecto negativo, sino al nivel del pensamiento, la acción, la determinación política, etcétera.

Entonces comienzo con una visión muy general, no de la situación actual de Estados Unidos, sino de la situación del mundo hoy. ¿Cómo es el mundo de hoy, donde este tipo de hechos es posible? Y creo que el punto más importante de inicio es la victoria histórica del capitalismo global. Debemos partir de cara a este hecho. De alguna manera, a partir de los 80s del siglo pasado hasta hoy —esto es, durante cuarenta años, ya casi medio siglo—, tenemos la victoria histórica del capitalismo global, por muchas razones. Primera, naturalmente, el fracaso completo de los estados socialistas (Rusia, China) y más en general el fracaso de la visión colectivista de la economía y las leyes sociales de los países. Y, este punto, no es un punto menor. Este punto es realmente un cambio no sólo en la situación objetiva del mundo actual, sino tal vez también al nivel de la subjetividad. Durante más de dos siglos, siempre existieron en la opinión pública al menos dos caminos concernientes al destino de los seres humanos. Podemos decir que, aproximadamente antes de los 80s del siglo pasado, siempre tenemos en el nivel general, en el nivel subjetivo general, dos posibilidades concernientes al destino histórico de los seres humanos. Primero, el camino del liberalismo, en su sentido clásico. Aquí, liberal tiene muchas significaciones, pero tomo liberal en su sentido primitivo, esto es, fundamentalmente que la propiedad privada es la clave de la organización social, a costa de enormes desigualdades, pero el precio es el precio. Al final, para el liberalismo, la propiedad privada debe ser la clave de la organización social. Y del otro lado, tenemos el camino socialista, el camino comunista —son palabras diferentes— en su sentido abstracto, esto es, el fin de las desigualdades debe ser el objetivo fundamental de la actividad política humana. El fin de las desigualdades incluso a costa de la revolución violenta. Así que, por un lado, la visión pacífica de la historia como continuación de algo que es muy antiguo, esto es, la propiedad privada como clave de la organización social; y por otro lado, algo nuevo, algo que probablemente comienza con la Revolución Francesa, que es la propuesta de que existe otro camino, de que de alguna manera, la continuidad de la existencia histórica de los seres humanos debe aceptar una ruptura entre una muy larga secuencia donde las desigualdades, la propiedad privada y demás son la ley de la existencia colectiva, y otra visión de qué es ese tipo de destino, donde lo más importante, de hecho, es la pregunta sobre la igualdad y la desigualdad, y este conflicto entre el liberalismo en su sentido clásico, y la nueva idea bajo distintos nombres —anarquía, comunismo, socialismo y demás— sea probablemente la gran significación del siglo XIX y de gran parte del siglo siguiente también.

Entonces, durante casi aproximadamente dos siglos, tenemos algo así como una elección estratégica, concerniente no sólo a los acontecimientos políticos locales, las obligaciones nacionales, las guerras y demás, sino concerniente a lo que sería realmente el destino histórico de los seres humanos en cuanto tales, el destino histórico de la construcción de la humanidad como tal. De algún modo, nuestra época, de los 80s a la fecha, es la época del fin aparente de esta elección. De la progresiva desaparición de ese tipo de elección. Hoy en día, de hecho, tenemos la idea dominante de que no existe elección global, de que no hay otra solución. Fueron las palabras de [Margaret] Thatcher: no hay otra solución. No hay otra solución excepto, naturalmente, el liberalismo, o el que hoy generalmente conocemos como neoliberalismo. No hay otra solución. Y este punto es muy importante porque Thatcher misma no dice que sea una solución muy buena. Ese no es el problema para ella. El problema es que es la única solución. Y entonces, vemos en la propaganda contemporánea, el punto no es decir que el capitalismo global es excelente, porque claramente no lo es. Todos lo saben. Todos saben que las monstruosas desigualdades no pueden ser la solución del destino histórico de los seres humanos —todos saben eso. Pero el argumento es, “De acuerdo, no es muy bueno, pero es la única posibilidad real.” Así pues, en mi opinión, la definición de nuestra época es la pretensión de imponer a la humanidad a escala mundial la convicción de que sólo existe un camino para la historia de los seres humanos. Y sin decir que este sea un excelente camino, que este camino sea uno muy bueno, sino diciendo que no existe otra solución, ni otro camino.

Así, podemos definir nuestro momento como el momento de una convicción primitiva de que el liberalismo —dominante en forma de propiedad privada y libre mercado— constituye el único destino posible para los seres humanos. Y también es una definición del sujeto humano. ¿Qué es, desde esta visión, un sujeto humano? Un sujeto humano es un mendigo, un consumidor, un propietario, o nada en absoluto. Esa es la definición estricta de lo que es hoy un ser humano. Entonces esa es la visión general, el problema general, y la ley general del mundo contemporáneo.

Ahora bien, ¿cuáles son los efectos políticos de todo esto, a nivel de la vida política? ¿Cuáles son las consecuencias de esta visión dominante de un mundo en donde sólo podemos hallar un camino? Todos los gobiernos deben aceptar que ese es el caso; en el mundo de hoy no podemos estar en la dirección de un Estado sin aceptar la visión de la unicidad del camino. No tenemos gobierno alguno en el mundo que diga otra cosa. ¿Y por qué? Porque, finalmente, si examinamos la posición del gobierno “socialista” francés, de la dictature [dictadura] del Partido Comunista en China, o del gobierno de los Estados Unidos, o del gobierno de Japón, de la India, todos dicen lo mismo —que el capitalismo globalizado es el único camino para la existencia de los seres humanos. Pienso que toda decisión política, a nivel de Estado, hoy, se encuentra en estricta dependencia de lo que llamo “el monstruo”: el capitalismo globalizado y sus desigualdades. De alguna manera, no es verdad que un gobierno de hoy en día sea algo libre. No es libre para nada. Se encuentra dentro de la determinación global, y debe afirmar que lo que hace se encuentra en dependencia de esta interioridad de la determinación global. Y el monstruo es más y más un monstruo. Debemos conocer la situación real en lo concerniente a las desigualdades. Tenemos el fenómeno fundamental de la concentración del capital; la concentración del capital hoy en día es algo extraordinario. Debemos saber que hoy, 264 personas tienen como propiedad el equivalente a 3 mil millones del de otras personas. Es mucho más que en la existencia primitiva de las monarquías y demás. La desigualdad de hoy es mucho más importante que en cualquier otra situación en la historia de los seres humanos. Así que ese tipo de monstruo histórico que es también el único camino de existencia de la humanidad se encuentra realmente en la dinámica de mayores y mayores desigualdades, y en absoluto de más y más libertad.

Y la posición del Estado hoy es la misma en todas partes. Es ley aceptada por el gobierno francés, por el Partido Comunista chino, por el poder de Putin en Rusia, por el Estado Islámico en Siria, y naturalmente es también la ley del presidente de los Estados Unidos. Así que, progresivamente —y esta es la consecuencia más importante en lo que concierne a la elección de Trump— progresivamente, toda la oligarquía política, toda la clase política, se vuelve el mismo grupo, a nivel del mundo mismo. Un grupo de gente que sólo está dividida en un nivel abstracto: republicanos y demócratas, socialistas y liberales, izquierda y derecha, y demás. Todas esas supuestas divisiones de hoy son puramente abstractas y no reales, porque todo ello ocurre en el mismo trasfondo económico y político. Esta oligarquía política de hoy en el mundo occidental está perdiendo progresivamente el control de la maquinaria capitalista —esa es la realidad. A través de crisis, falsas soluciones, todos los gobiernos políticamente clásicos crean, a gran escala, en su propia gente, frustración, malentendidos, enojo, y oscuros levantamientos. Todo esto dirigido en contra del único camino propuesto por todos los miembros de la clase política actual, con algunas diferencias, con algunas pequeñas diferencias. El ejercicio de la política actual es el ejercicio de unas muy pequeñas diferencias dentro del mismo camino global. Pero todo esto tiene muchos efectos en la gente en general; efectos de desorientación, total ausencia de orientación o dirección de vida, falta de visión estratégica del futuro de la humanidad, y en ese tipo de situación una gran parte de la gente busca en la oscuridad por el lado de las falsas novedades, visiones irracionales, retorno a tradiciones muertas, y demás. Así que, de cara a la oligarquía política, tenemos la aparición de nuevos tipos de activistas, nuevos soportes de demagogia violenta y vulgar, y estos fulanos se parecen más a los gángsters y a la mafia que a los políticos educados. Y así la elección aquí ha tenido lugar entre este tipo de fulano y el resto de políticos educados, y el resultado ha sido la elección legal de una nueva forma de vulgaridad política y algo subjetivamente violento en la propuesta política.

De algún modo, esta nueva figura política —Trump, pero muchos otros también— está cerca de los fascistas de los 30s. Hay algo similar. Mas, ay, sin sus fuertes enemigos de los 30s, que eran los partidos comunistas. Es una suerte de fascismo democrático, es decir, están dentro del plano democrático, dentro del dispositivo democrático, pero tocan algo distinto, otra música, en ese contexto. Y, me parece que no es el único caso aquí, con Donald Trump —racista, machista, violento, y también (la cual es una característica fascista) sin ninguna consideración por la lógica ni la racionalidad; porque el discurso, el modo de hablar de ese tipo de fascismo democrático es precisamente una suerte de dislocación del lenguaje, una suerte de posibilidad de no decir nada, y lo contrario de nada —no hay problema, el lenguaje no es el lenguaje de la explicación, sino un lenguaje para crear algunos afectos; es un lenguaje afectivo que crea una falsa unidad, aunque una unidad práctica. Así pues, tenemos eso con Donald Trump, pero ha sido el caso antes en Italia con [Silvio] Berlusconi. Berlusconi puede ser, me parece, el primer personaje de esta suerte de nuevo fascismo democrático, exactamente con las mismas características: vulgaridad, una especie de relación patológica con las mujeres, y la posibilidad de decir y hacer, públicamente, algunas cosas que son inaceptables para la mayor parte de los seres humanos hoy en día. Pero también era el caso con [Viktor] Orbán en Hungría hoy, y a mi parecer, en Francia, ha sido el caso con [Nicolas] Sarkozy. Y es progresivamente el caso en India o en Filipinas, e incluso en Polonia o en Turquía. Así que realmente es, a escala mundial, la aparición de una nueva figura de determinación política, la cual es una figura que a menudo está dentro de la constitución democrática pero la cual también, de algún modo, está fuera. Y me parece que podemos llamarlos fascistas —porque era el caso en los treintas; después de todo, Hitler también salió victorioso en elecciones— así que llamo fascista a esta clase de fulano que se encuentra dentro del escenario democrático, pero también de alguna manera afuera: adentro y afuera. Y adentro para finalmente estar afuera. Así que se trata realmente de una novedad, pero una novedad que se inscribe dentro del panorama general del mundo actual porque también es algo para mucha gente —no una solución sino una nueva actitud de estar en el escenario democrático, la cual, desde el lado de la oligarquía clásica, no presenta diferencia alguna. De algún modo, el efecto principal de Trump es el efecto de algo nuevo. De hecho, en los detalles, no hay nada nuevo, pues es imposible pensar que es nuevo el ser racista, machista, y demás —cosas muy viejas, cosas muy viejas. Pero en el contexto de la oligarquía clásica actual, estas cosas tan viejas parecen ser algo nuevo. Así pues, Trump está en la posición de decir que la novedad es “Trump”, en el momento en que dice cosas que son absolutamente primitivas y absolutamente viejas, anticuadas. Y así, estamos también en la época donde algo como un retorno a la vieja existencia de algo puede aparecer como nuevo. Y esta conversión de lo nuevo en lo viejo es también característica de esta especie de nuevo fascismo.

Todo esto describe, me parece, nuestra situación presente al nivel político. Debemos considerar que nos encontramos entre la dialéctica fatal de cuatro condiciones.

Primera, la completa brutalidad y violencia ciega del capitalismo de hoy. De acuerdo, en el mundo occidental no estamos viendo por completo esta brutalidad o violencia, pero si estás en África, observas eso, en verdad, y si estás en el Medio Oriente también, y finalmente si estás en Asia también. Así que es una condición, una condición fundamental de nuestro mundo actual. Es el regreso del capitalismo a su sentido más propio, es decir, la conquista salvaje, la lucha salvaje de todos contra todos, en pos de la dominación. Entonces, completa brutalidad y violencia sangrienta del capitalismo salvaje de hoy: la primera condición.

Segunda condición: la descomposición de la oligarquía política clásica. Los partidos clásicos —demócrata, republicano, socialista, et al.— descomposición en la dirección, finalmente, de la aparición de una especie de nuevo fascismo. No conocemos el futuro de esa especie de aparición: ¿cuál es el futuro de Trump? De algún modo, no lo sabemos, en verdad, y tal vez Trump no sepa su propio destino. Pudimos verlo anoche. Tenemos al Trump antes del poder y el Trump en el poder, el cual de algún modo está asustado; no completamente satisfecho, porque sabe que no puede hablar con tanta libertad como antes. Y hablar libremente era exactamente la potencia de Trump, pero ahora con el gobierno, la administración, el ejército, los economistas, los banqueros y demás, es otra historia. Y así, hemos visto durante la noche a Trump pasar de un escenario a otro escenario, de un teatro a otro teatro; y en el segundo teatro no era tan bueno, no era tan bueno como antes. Pero no sabemos, en verdad, no sabemos cuál es la posibilidad real de ese tipo de fulanos cuando se vuelven presidente de los Estados Unidos. En cualquier caso, tenemos un símbolo de la descomposición de la oligarquía política clásica, y el nacimiento de una nueva figura, de un nuevo fascismo, con un futuro que no conocemos, pero creo que ciertamente no es un futuro muy interesante para la gente en general.

Tercera, tenemos la frustración popular, la sensación de un oscuro desorden, en la opinión pública de muchos, y principalmente de los pobres, la gente de los estados de provincia, los campesinos de muchos países, y también de los trabajadores sin empleo, y demás —toda esa población, la cual es reducida progresivamente por la brutalidad del capitalismo contemporáneo, a nada en absoluto, quienes no tienen existencia posible, y quienes permanecen, en algunos lugares, sin trabajos, sin dinero, sin orientación, sin orientación existencial. Y este punto es la tercera y muy importante condición de la situación global hoy. La falta de orientación, de estabilidad, la sensación de destrucción de su mundo, sin la construcción de otro mundo; una especie de destrucción vacía.

Y la última condición, la cuarta condición, es la falta, la completa falta de otro camino estratégico; la ausencia, hoy, de otro camino estratégico. Existen muchas experiencias políticas —no digo que no exista nada de este lado. Nos enteramos de nuevas luchas, nuevas ocupaciones de lugares, nuevas movilizaciones, nuevas determinaciones ecológicas y demás. Así que no se trata de la ausencia de toda forma de resistencia, de protesta —no, no estoy diciendo eso. Sino la falta de otro camino estratégico, es decir, algo que esté en el mismo nivel que la convicción contemporánea de que el capitalismo es el único camino posible. La falta de fuerza de la afirmación de otro camino. Y la falta de lo que yo llamo una Idea, una gran Idea. Una gran Idea la cual es la posibilidad de unificación, unificación global, unificación estratégica de todas las formas de resistencia e invención. Una Idea es una especie de mediación entre el sujeto individual y el colectivo histórico y la tarea política, y es la posibilidad de acción transversal y con muchas subjetividades diferentes, pero bajo la misma Idea en cierto modo.

Estos cuatro puntos —la dominación estratégica y general del capitalismo globalizado, la descomposición de la oligarquía política clásica, la desorientación y frustración popular, y la falta de otro camino estratégico— componen en mi opinión la crisis de hoy. Podemos definir el mundo contemporáneo en términos de una crisis global la cual no es reducible a la crisis económica de los últimos años, la cual es mucho más, me parece, una crisis subjetiva, porque el destino de los seres humanos es cada vez más incierto para sí mismos.

Después de esto, ¿qué hacer? La pregunta de Lenin. Creo que en lo que respecta a la actual elección presidencial, la elección de Trump, pienso que debemos afirmar que una razón para el éxito de Trump es que la verdadera contradicción de hoy, la real contradicción hoy, la más importante contradicción, no puede estar entre dos formas del mismo mundo. El mundo del capitalismo globalizado, de guerras imperialistas, y de la falta de cualquier Idea concerniente al destino de los seres humanos. Sé que Hillary Clinton y Donald Trump son muy diferentes —no digo que debamos identificar a Trump y Hillary Clinton— pero esta diferencia, que es importante… existe un nivel donde esta diferencia, es la diferencia entre el nuevo fascismo y la vieja oligarquía política —esa es la diferencia— (y toda oligarquía política es menos horrible que el nuevo fascismo, así que entiendo perfectamente que al final prefiramos a Hillary Clinton) pero no podemos olvidar que en cierto sentido esta diferencia se encuentra al interior del mismo mundo. No es la expresión de dos visiones estratégicamente distintas del mundo. Y pienso que el éxito de Trump es posible sólo porque la verdadera contradicción del mundo no puede expresarse, no puede ser simbolizada, por la oposición entre Hillary Clinton y Trump, porque Hillary Clinton y Trump están en el mismo mundo —muy distintos, pero muy distintos en el mismo mundo. De hecho, durante toda la preparación de la elección, durante las [elecciones] primarias, la verdadera contradicción, en mi opinión, ha sido entre Trump y Bernie Sanders. Era una verdadera contradicción. Podemos pensar lo que queramos con respecto a los dos términos de esta contradicción. Podemos decir que tal vez Trump es algo excesivo, que está del lado de un nuevo fascismo y demás, y podemos decir que Bernie Sanders es algo que de alguna forma es de naturaleza socialista, finalmente, Bernie Sanders debe pasarse del lado de Clinton y demás y demás, pero pienso que en el nivel de la simbolización, que es tan importante, la verdadera contradicción de nuestro mundo fue simbolizada por la oposición de Trump y Bernie Sanders, y no por la oposición de Trump y Hillary Clinton, porque tenemos que en Bernie Sanders, en la propuesta de Bernie Sanders, hay algo, algunos puntos que están más allá del mundo como es. Y no tenemos nada parecido en la propuesta de Hillary Clinton. Así, tenemos una lección de dialéctica; es decir, la teoría de las contradicciones. En cierto modo, la contradicción entre Hillary Clinton y Trump era una contradicción relativa y no absoluta; es decir, una contradicción en los mismos parámetros, en la misma construcción del mundo. Pero la contradiccion entre Bernie Sanders y Trump era, de hecho, el principio de la posibilidad de una verdadera contradicción; es decir, una contradicción con el mundo y con algo que se encuentra más allá del mundo. En cierto sentido, Trump estaba realmente del lado de la subjetividad popular oscura y reactiva, dentro del mundo como es, pero Bernie Sanders estaba del lado de la subjetividad popular racional, activa y clara, orientada más allá del mundo como es, incluso dentro de algo que no era claro —no era claro, pero estaba más allá del mundo como es.

Así que el resultado de la elección es de naturaleza conservadora, es puramente conservadora, porque es el resultado de una falta contradicción, en cierto sentido, una contradicción que no es una verdadera contradicción, y que es también, a través de esta elección, la continuación de la crisis de hoy, la crisis de las cuatro condiciones que expliqué anteriormente. Hoy, contra Trump, no podemos desear a Clinton, ni a nadie del mismo tipo. Debemos crear un retorno, si esto fuera posible, a la verdadera contradicción; es la lección de este tipo de acontecimiento terrible. Es decir, debemos proponer una orientación política que vaya más allá del mundo como es, incluso si es, en un principio, de carácter poco claro. Cuando comenzamos algo, no conocemos el desarrollo completo. Pero debemos comenzar. Debemos comenzar, ese es el punto. Luego de Trump, debemos comenzar. No es solamente resistir, negarse y demás. Debemos comenzar algo, en verdad, y esta pregunta por el principio es el principio del retorno a la verdadera contradicción, a la elección real, a la elección estratégica real que concierne a la orientación de los seres humanos. Debemos reconstruir la idea de que en contra de las desigualdades monstruosas del capitalismo presente, en contra también de los gángsters de la política clásica, como Trump, es posible crear, una vez más, un campo político a partir de dos orientaciones estratégicas, y no sólo de una. El retorno de algo que ha sido ocasión de grandes movilizaciones políticas en el siglo XIX y a principios del siglo pasado. Debemos —si es que puedo decirlo en su carácter filosófico—, debemos ir más allá del Uno, en la dirección del Dos. No de una orientación, sino de dos orientaciones. La creación de un nuevo retorno a una nueva elección fundamental es la esencia misma de la política. De hecho, si solamente existe un camino estratégico, la política desaparece progresivamente, y de algún modo, Trump es el símbolo de ese tipo de desaparición, porque, ¿cuál es la política de Trump? Nadie lo sabe. Es algo así como un personaje, no una política. Así que el retorno a la política es necesariamente el retorno a la existencia de una elección real. Así que, finalmente, al nivel de las generalidades filosóficas, es el retorno dialéctico al Dos real más allá del Uno, y podemos proponer algunos nombres para ese tipo de retorno.

Como saben, mi visión es proponer la palabra corrupta “Comunismo” —corrupta, ya lo saben, por las experiencias sangrientas y demás. El nombre es sólo un nombre, así que somos libres de proponer otros nombres, no hay problema. Pero tenemos algo interesante en el significado primitivo de esta palabra vieja y corrupta. Y este significado se compone, de hecho, de cuatro puntos, cuatro principios, y este tipo de principios pueden ser de ayuda para la creación de un nuevo campo político con dos orientaciones estratégicas.

El primer punto es que no es necesario que la clave para la organización social sea la propiedad privada y las desigualdades monstruosas. No es una necesidad. Debemos afirmar que no es una necesidad. Y podemos organizar experiencias limitadas que demuestren que no es una necesidad, que no es cierto que la propiedad privada y las desigualdades monstruosas deban ser para siempre la ley del porvenir de la humanidad. Es el primer punto.

El segundo punto es que no es una necesidad que los trabajadores sean separados por un lado en el trabajo noble —como la creación intelectual, o dirección, o gobierno— y, por el otro lado, el trabajo manual y la común existencia material. Así que la especialización de la etiqueta no es una ley eterna, y especialmente la oposición entre trabajo intelectual y trabajo manual debe ser borrada en el largo plazo. Es el segundo principio.

El tercero es que no es una necesidad que los seres humanos sean separados por fronteras nacionales, raciales, religiosas o sexuales. La igualdad debe existir a pesar de las diferencias, de manera que las diferencias no sean un obstáculo para la igualdad. La igualdad debe ser una dialéctica de la diferencia misma, y debemos rehusarnos a que en nombre de las diferencias, la igualdad sea imposible. Así que, fronteras, rechazo del Otro, en cualquier forma, todo eso debe desaparecer. No es una ley natural.

Y el último principio es que no es necesaria la existencia de un Estado, en la forma de un poder armado y separado.

Así podemos resumir estos cuatro puntos: colectivismo en vez de propiedad privada; trabajador polimorfo en contra de la especialización; universalismo concreto contra identidades cerradas; y asociación libre en vez de Estado. Solamente es un principio, no es un programa. Pero a partir de este principio podemos juzgar todos los programas políticos, decisiones, partidos, ideas, desde el punto de vista de estos cuatro principios. Toman una decisión: ¿esta decisión va en la dirección de los cuatro principios o no? Los principios son un protocolo de juicio con respecto a todas las decisiones, ideas, propuestas. Si una decisión, una propuesta, va en dirección de los cuatro principios, podemos decir que es buena, podemos examinar si es posible y demás. Si claramente va en contra de los principios, es una mala decisión, una mala idea, un mal programa. Así que tenemos un principio de juicio en el campo político y en la construcción de un nuevo proyecto estratégico. Esta es de algún modo la posibilidad de tener una visión verdadera de lo que va realmente en la nueva dirección, la nueva dirección estratégica de la humanidad en cuanto tal.


Bernie Sanders propone construir un nuevo grupo político, bajo el título “Nuestra Revolución.” El éxito de Trump debe abrir una nueva oportunidad para ese tipo de ideas. Podemos confiar en él por lo pronto, podemos juzgar si realmente es una propuesta que va más allá del mundo presente, podemos juzgar si algo propuesto está en conformidad con los cuatro principios. Podemos hacer algo. Y debemos hacerlo, porque si no hacemos nada, nos quedamos solamente en la fascinación, la estupidez de la fascinación, el triunfo depresivo de Trump. Nuestra revolución —por qué no— contra su reacción, nuestra revolución, es una buena idea. En cualquier caso, estoy de este lado.

Versión de Javier Raya

jueves, 22 de diciembre de 2016

Acertijo, de Jericho Brown

No reconocemos el cuerpo
de Emmett Till. No conocemos
el nombre del chico ni el sonido
de su madre llorando. Nunca hemos
escuchado una madre llorando.
No conocemos la historia
de nosotros en este país. No
conocemos la historia de nosotros
mismos en este planeta pues
no es necesario conocer
lo que creemos que es nuestro. Creemos
que sus cuerpos nos pertenecen pero no
nos sirven sus lágrimas. Destruimos
el cuerpo que se niega a ser usado. Usamos
mapas que no dibujamos. Vemos
un mar y lo cruzamos. Vemos una luna
y aterrizamos en ella. Amamos la tierra
mientras podamos reclamarla. Shhh. No
podemos reclamar ese sonido. ¿Qué es
una madre llorando? No reconocemos
la música hasta que podemos
venderla. Vendemos lo que no se puede
comprar. Compramos silencio. Déjanos
ayudarte. ¿Cuánto cuesta
sostener el aliento bajo el agua?
Espera. Espera. ¿Qué somos? ¿Qué?
¿Qué? ¿Qué carajo somos? 

___
Publicado originalmente en el Georgia Review.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Patrimonios y matrimonios literarios (comentario a un artículo de Jorge Carrión)

En su artículo "Las otras apropiaciones de Borges y Bolaño", el escritor Jorge Carrión propone leer --siguiendo a Bordieu-- la obra de dos grandes narradores dentro de sus contextos de recepción y circulación; ejercicio lúcido y necesario en una época donde la literatura y el mercado parecen confundirse o ignorarse mutuamente. 

Su recuento sobre lo que podríamos llamar "la ceguera" de Kodama con respecto a la obra de Borges (incluyendo los últimos pormenores del caso Katchadjian) me parece impecable y no tendría nada que agregar. Sin embargo, a partir de la noción de "obra maestra", que Carrión utiliza para diferenciar la trilogía póstuma de Bolaño (El Tercer ReichLos sinsabores del verdadero policía y El espíritu de la ciencia ficciónde sus novelas previas, la argumentación me parece un poco más problemática.

Creo que la intención de inscribir a las viudas/albaceas de Borges y Bolaño dentro de la tradición de artistas de la apropiación (como Duchamp y Benjamin, a quienes Carrión menciona, aunque personalmente hubiera elegido a Kenneth Goldsmith o incluso a Jeff Koons, por sus afinidades más cercanas al mercado que al ejercicio artístico) hubiera sido objeto de un gran texto si su autor se hubiese permitido llevar la provocación hasta las últimas consecuencias: leer los gestos y actos de María Kodama y Carolina López como los de unas verdaderas artistas de la apropiación ("estrategas conceptuales que se vengaron del heteropatriarcado, del canon masculino, de la tonta fe de nuestra época en la autoría"), más allá de su papel de viudas en la trama de sus maridos.

¿Y es que se puede hablar de "apropiación" en el contexto de las viudas? Sólo si en ese mismo sentido podemos hablar de Max Brod como "viuda apropiadora" de la obra de Kafka. El arte de la apropiación patrimonial colinda con la matrimonial, porque los votos de esta institución problemática, incómoda, conservadora y en crisis perpetua (el matrimonio) no caducan con la muerte de sus contrayentes: la muerte no siempre los separa, sino al contrario.

El caso de Anna Gregorievna es ejemplar. Luego de la muerte de su marido (un escritor de novelas por entregas que gracias --en gran medida-- a las diligencias de su viuda reconocemos por la sola mención de su apellido: Dostoievski), Anna se entregó en cuerpo y alma al cuidado de sus archivos. Una carta suya en Dostoievski de Henry Troyat, nos permite atisbar un poco el papel de viuda-artista de la apropiación que jugó Anna en la trama de su marido: "No vivo en el siglo XX, en 1916, sino en el XIX por los años setenta. Mis amigos son los amigos de Fiodor Mijailovich, mi mundo es el mundo de los contemporáneos ya desaparecidos de Dostoievski. Vivo de esa atmósfera."

La última frase me parece digna de apreciar en más de un sentido: "vivo de esa atmósfera" no remite únicamente al estado de enclaustramiento que Anna sufrió desde la muerte de Dostoievski en 1881, hasta su propio deceso en junio de 1918, probablemente a causa de malestares intestinales producto del hambre; la frase también remite a un presente puesto entre paréntesis al servicio del pasado. Aprobar nuevas ediciones, traducciones, permitir que estudiosos, lectores y curiosos pasen las manos por los papeles inéditos de la persona amada (que en algunos casos resulta ser también un gran artista) es en sí misma una tarea poética aunque ingrata en la cuenta larga de la historia literaria. Las viudas no tienen vacaciones.

Si no, habría que preguntarle a Sofia Bers (Sofía Tólstoi, de casada), quien también "vivía en esa atmósfera" viciada de la cercanía con el artista incluso desde antes de su muerte, o a Vera Nabokov, que al igual que Bers, fungió como administradora, compiladora, amanuense y traductora (¡vaya que el cursi y acartonado papel de "musa" literaria es todo menos pasivo y contemplativo!). Pero la otra acepción de "vivir de esa atmósfera" compete a esa piedrita en el zapato de la literatura, esa con la que pueden edificarse bibliotecas o que compromete la vida de los libros, apresurando su publicación o impidiéndola del todo: el dinero.

Según nos recuerda Carrión, la pugna de Kodama contra Katchadjian no es una cuestión de capital económico sino de capital simbólico (para seguir operando en la terminología de Bordieu), y por tanto aquí sí cabría hablar de una auténtica apropiación, en el momento en que Kodama no sólo gestiona los intereses materiales sobre la obra de Borges, sino que cree (en su fantasía) ser capaz de gestionar también el prestigio borgeano. Esa conversión, en efecto, es lo que Carrión denuncia como una incomprensión de Kodama de la poética de Borges, y lo que crearía las condiciones de posibilidad de leerla perversa y lúdicamente como una "artista de la apropiación" --como alguien que juega y crea con "las leyes de la propiedad intelectual, aprobadas en un mundo sin internet", y de juzgarla como una artista anacrónica, conservadora, que viene de un mundo ajeno a "los modos en que creamos hoy." 

Pero ahí donde Kodama exige una dietética de las obras derivadas, una censura, incluso, apelando a leyes de otro siglo, Carolina López sería una apropiadora mucho más radical y moderna, pues firma con un nombre ajeno una obra propia. ¿A qué me refiero? A que si es verdad que, como dice Carrión, obras como El espíritu de la ciencia ficción deberían haber sido editadas no como novedades sino como obras inacabadas o truncas (restituyendo así cierta dignidad al autor para con sus propias tentativas y errores, es decir, restituyéndole cierta humanidad, que queda destruida con la figura del autor consagrado, inmortal, perenne productor al mayoreo de obras maestras), el ofrecerlas al mercado como libros acabados es equivalente a apropiarse del mayor gesto que puede tener un autor para con su propia obra; el gesto mismo por el cual se hace autor de su obra, que complementa el "trámite" y el engorro de escribirla: el gesto de firmarla. Así, los libros póstumos de Bolaño, aunque se vendan firmados por Bolaño, son obra de Carolina López.

Carolina López y quien sea que esté detrás de esas ediciones nuevas de Bolaño, firma en nombre de Bolaño obras que en efecto él escribió, pero que nunca firmó. Esa firma es lo que autoriza al autor en tanto autor de su propia obra; la misma firma que se simboliza en el gesto de firmar un contrato de edición, y que un muerto jamás podría llevar a cabo. ¿Esto debería ser un impedimento para que no se editen libros interesantes que, por azares de la vida y de la muerte, no vieron la luz en vida de sus autores? Me parece que no, pero como vivimos en una época abocada a la velocidad sin freno, donde el escritor cultiva más sus prestigios (y sus enemistades, que también son harto redituables), no parece haber tiempo para pensar en estas cosas.

El caso de Carolina López no me parece tan transparente ni tan lúdico, en realidad, como el de Kodama. Me parece que si Bolaño estuviera vivo, López tendría una pesada plática con él a respecto de Carmen Pérez, y sus discusiones y conclusiones serían (como deberían serlo también hoy, con él muerto) un asunto privado. Carecer de "un nivel alto de redacción", para Carrión, descalifica a López para editar la obra póstuma de Bolaño; es cierto, no todas las viudas escriben cartas ni diarios como los de Sofía Bers y los de Anna Griegorievna, o cartas eróticas como Nora Joyce (quien alguna vez dijo que hubiera preferido casarse con un músico en vez de un escritor) pero me parece que las tramas de los matrimonios forman un texto que los lectores podemos observar, pero que sería fútil juzgar. Curiosamente no puedo pensar en un caso contrario, donde a un viudo se le fiscalice hasta la sintaxis y la vida personal para legitimar su capacidad para administrar la obra de una artista fallecida. 

¿Nora hubiera sido más feliz con el destino de Yoko Ono o Courtney Love?


miércoles, 19 de octubre de 2016

Manifiesto del payaso tenebroso, de Sam Kriss

Me topé con A Creepy Clown Manifesto investigando para una nota sobre los recientes avistamientos de personas vestidas de payaso. No soy especialmente afecto a las historias de terror, pero no pude dejar de leer hasta el final este manifiesto, imaginando la voz de mi cabeza como la de Alan Moore o una versión muy perversa de Orson Welles. Que lo disfruten (en sus pesadillas).

***
clowns

Sólo queríamos divertirte. Sólo queríamos hacerte reír. Sólo queríamos ver felicidad, niños sonriendo en el tumulto vertiginoso de la carpa de circo; sólo queríamos ponernos nuestras máscaras, tan delgadas como la imagen en la pantalla de TV, y hacerte feliz. Míranos tropezar, míranos caer por las escaleras, míranos mandar besos y globos: todo lo que siempre quisimos fue divertirte.

El otoño ha llegado, y nos habrás visto a la orilla del bosque. Vivimos en la orilla del bosque; como al resto de tus desechos el viento húmedo nos ha lanzado a la orilla del bosque. Medramos por los bordes. Pueblochico Estados Unidos, todo nuevo y todo roto. Los bosques han sido talados y han crecido otra vez aún peor, y los árboles hoy son solamente ramajes blancos y delgados, ramificándose como dedos flacos y pálidos: el crujir de los árboles afuera de tu ventana por la noche es como sabes que hay alguien afuera de tu casa. Estos bosques están huecos por dentro, demasiado jóvenes y astillados para contener algo así como el folklore, donde la naturaleza parece una escenografía de película barata, donde las ninfas y los duendes quedarían atrapados en latas de Coca-Cola y morirían de hambre, donde todos los animales están batidos de lodo, pre-empacados, y desesperados. Desde que ya no dejas pornografía aquí afuera ya no tienes nada que hacer en estos bosques, y se han vuelto el hogar de los payasos. Nos vienen bien. Nuestra maldad no es antigua; no tenemos profundidad y estamos fuera de la historia. 

Se acerca Halowe'en: las hojas comienzan a embozar la suciedad, apilándose en la entrada de la gasolinería, deformes y orgánicas contra las filas cuadradas de limpiador para baños y laxantes. Las hojas se dejan llevar contra la iglesia, donde vive Dios entre paredes de triplay. Antes o después alguien va a tener que venir con una enorme máquina ruidosa para soplar todas las hojas de regreso a la orilla del bosque. Y después volverá a casa, y no tendrá que preocuparse de qué podrán comer los payasos del bosque. Tiene suerte. No hay trabajos ni tampoco esperanza; algunas personas están en heroína y la mayoría están en Netflix, impasibles a través de horas de diversión estandarizada especialmente para ti, conectados a Estados Unidondesea. Ya no vas a ver al circo itinerante. El circo itinerante ha encajado su tienda justo en tu casa, y ha venido para llevarte con él.

El primero que nos vio este año fue un jovencito de Greenvile, Carolina del Sur. De pie entre los matojos entre Greenville y lo que sea que lo rodea, vio dos figuras a la orilla del bosque, uno con una brillante peluca roja, el otro con una estrella negra pintada sobre su rostro, en silencio, sin moverse. Corrió a contarle a su madre. No fue el último. En el mismo pueblo otro payaso apareció en los bosques detrás de un edificio de departamentos, y otro fue visto mirando impasiblemente afuera de una lavandería. Esto fue a finales de agosto, cuando las noches son demasiado calurosas para que tantos payasos anden chapoteando en el lodo: nuestra pintura facial se corre en gotas sudorosas, nos marchitamos. En septiembre, comenzamos a florecer. A través del estado, luego hacia Carolina del Sur, luego a Georgia y Virginia, hasta que pudimos rondar de costa a costa, mirando con malicia a través de la frontera con Canadá, tropezando con nuestras bufonadas hasta Europa. Una epidemia de payasos tenebrosos, pánico a través de la nación, y nadie sabe por qué. Han visto payasos con cuchillos en Kistler, Pennsylvania; con machetes en Tchula, Mississippi; con un arma de fuego en Monroe, New Jersey. 

Los payasos empezaron a aparecer fuera de las escuelas. Payasos mirando lascivamente a un lado de la carretera, mirando cómo vas y vienes de un lugar a otro, enraizados entre los árboles húmedos de manchas agotadas. Hay personas que fueron despedidas de sus trabajos por usar disfraces ordinarios de payasos no-tenebrosos en fotografías de redes sociales; se ha vuelto el signo de una criminalidad oscura e indefinible. Cada avistamiento genuino trae una docena de avistamientos fantasmáticos; las escuelas cierran, los linchadores se agrupan, los ciudadanos comunes y corrientes se compran un arma. Estos payasos están a la caza de un demográfico muy particular: familias blancas, puritanas, jóvenes, conservadoras, lejos de las grandes ciudades, alguna vez acomodadas pero hoy en decadencia, la baja burguesía moribunda. Gente que a pesar de sí misma siente la sutil atracción que viene desde la orilla del bosque, el llamado de la podredumbre y el declive, el gozo que viene cuando todo se llena de hongos y se derrite en el suelo esparcido de basura. Gente que teme a los payasos, y gente cuyos miedos son escuchados. 

Somos por naturaleza indiferentes al Estado, pero ha sido entretenido ver sus excentricidades y meteduras de pata: los policías armados estableciendo un perímetro alrededor de una escuela en Flomaton, Alabama, revisando los salones de clase en busca de signos de travesuras relacionadas con payasos; los hombres acusados de terrorismo por usar disfraces de payaso; los helicópteros a la espera y las bases militares en alerta constante; la tensión mientras un vasta maquinaria se prepara para la guerra contra sus propios payasos, y cuando se abren los depósitos de misiles sólo encuentran la corteza húmeda y aplastada de un pastel contra el suelo.

Es tan aburrido que conviertas todo esto en política, cuando lo mismo podrías culpar al calentamiento global por darnos una superabundancia de gusanos de qué alimentarnos, o a los alineamientos astrales por hacer hoyitos en el entramado de tu universo. ¿Por qué payasos? ¿Por qué ahora? ¿No está contendiendo a la presidencia una enorme y triste cara de payaso? ¿No tienes miedo, más seguro de lo que nunca has estado en tu casa rodeada de tres líneas de policías con armamento militar, pero aterrado por los refugiados, por los terroristas, por los criminales, por lo que sea que medra en la oscuridad a la orilla de los bosques? Incluso es peor cuando metes la psicología. El horror del payaso es el del hombre triste detrás de la sonrisa pintada, esa desesperada necesidad, que se remonta al viejo Grimaldi, de que los más tristes hagan reír a los demás. Debes saber la verdad: no somos infelices. No hay nada detrás de nuestras máscaras. Fíjate cómo en tantos noticieros los payasos no son un él ni un ella sino un eso. ¿Por qué te dan miedo los payasos? ¿No te gusta que te diviertan? ¿No se hicieron guerras, no volvieron ciudades escombros, no se quemaron niños vivos para defender la sociedad libre en la que vives sin miedo para ser entretenido? 

Pero hay una preocupación: una sensación vaga, a medida que los créditos del episodio ocho aparecen y sabes sin siquiera pensarlo que no importa cuanto quieras hacer algo más, el episodio nueve es tan inevitable como la puesta de sol, que estás desperdiciando tu vida; que incluso bien podría haber terminado ya. Y en ese mismo momento, un payaso se mueve a trompicones por la orilla del bosque detrás de tu casa, una enorme sonrisa plástica en su rostro, y un cuchillo en su mano.

No pretendemos asustarte. No queremos causarte ningún daño. Llevamos armas, pero te encantan las armas; tú las pones en nuestras manos. Esto es lo que haremos. Vamos a pararnos en la orilla del bosque sin decir una palabra. Esperaremos pacientemente hasta que bajes tus armas, que la policía se vaya, y que termine este pánico absurdo. Esperaremos hasta que, por tu propia voluntad, nos sigas hasta el bosque, hasta esos árboles grises sin profundidad donde todo lo nuevo se pudre. Te llevaremos al bosque, y luego vamos a armar una pequeña función para ti. Y te vas a reír.

viernes, 1 de julio de 2016

Apuntes, de Jericho Brown

No voy a darme un tiro
en la cabeza, y no voy a darme un tiro
por la espalda, y no voy a colgarme
con una bolsa de basura, y de hacerlo,
te prometo, no voy a hacerlo
esposado en una patrulla de policía
o en la celda de algún pueblo
que sólo conozco de oídas
porque debo manejar por ahí
para llegar a casa. Sí, puedo estar en peligro,
pero te prometo, confío que los gusanos
y las hormigas y las cucarachas
que viven bajo las duelas
de mi casa van a hacer lo que deben
con mi pellejo más de lo que confío
en un oficial de la ley mundana
para cerrar mis ojos como un hombre
de Dios haría, o para cubrirme con una sábana
tan limpia que mi madre pudo haber usado
para cobijarme. Cuando me mate, me voy a matar
como hacen la mayoría de los estadunidenses,
lo prometo: con humo de cigarro
o asfixiado con un trozo de carne
o congelado en la miseria
en uno de esos inviernos que seguimos
llamando el peor. Te prometo que si escuchas
que morí en algún lugar cerca
de un policía, ese policía me mató. Me alejó
de entre nosotros y dejó mi cuerpo, que es,
no importa qué nos hayan dicho,
mayor que la compensación que la ciudad puede
pagar a una madre para que deje de llorar, y más
hermoso que la bala nuevecita

pescada de entre los pliegues de mis sesos.

miércoles, 13 de enero de 2016

Teoría y praxis de la pereza

Para evitar malentendidos (inevitables, de cualquier modo) aclaremos lo siguiente: no estoy en contra del trabajo, ni es este un texto que pretenda demeritarlo; pero no sería tan ingenuo tampoco como para afirmar que el trabajo "dignifica" (lo que implica que los desempleados son algo así como ciudadanos indignos, de segunda), o que es parte de una atávica pena ("ganarás el pan con el sudor de tu frente", Génesis, libro tal versículo tal) ligada a una no menos ominosa y anacrónica lista de "Pecados capitales". No. Lo que pretendo acá es hablar sobre la pereza, pero no sobre la pereza en general, sino de aquella que ejerzo, a buen ritmo y sin desplantes, más o menos desde que me acuerdo.

Para empezar hay que definir nuestros términos: ¿qué es la pereza? La voz pigritia indica la calidad del flojo, del piger. Esto no nos hace avanzar mucho. ¿Qué indica lo "flojo"? Puede ser el antónimo de "tenso", por ejemplo, sinónimo de "relajado" cuando hablamos de la firmeza de un nudo. A su vez, "flojo" proviene de fluxus, de lo fluído pero también de lo inconsistente, de lo que no toma otra forma u otra fuerza sino de lo que viene de fuera. Aquí podríamos aclarar que lo flojo --lo fluído-- no es necesariamente débil, ni hueco, mucho menos estático. Pensemos en los ríos, fluidos y caudalosos. ¿Qué sería de un río firme? ¿Qué sería de una nube tensa?  

Siempre fui un niño flojo. O eso decían las maestras. "Es un niño muy listo, señora, pero flojo." No ponía atención, casi nunca hice tareas, y a pesar de todo siempre encontré la forma de pasar de grado  sin esfuerzos extenuantes, entregando trabajos finales y presentando buenos exámenes. Con el tiempo me di cuenta de que no era flojo, sólo tenía malos hábitos de sueño y poco interés por las obviedades escolares. Mi mente no funciona mediante ejercicios de tensión, la disciplina me parece una dudosa virtud de soldado, casi nunca tenso mi memoria tratando de fijarle palabras cuya naturaleza es dúctil y cambiante. 

Llamamos "flojera" a la actitud del perezoso. También "hueva", que es la indisposición a realizar una tarea, no necesariamente porque dicha tarea implique un grado de concentración o de energía o de trabajo para el que no estamos preparados, sino por una inercia del estado lánguido que no se interrumpe salvo contadas ocasiones. La curiosidad, por ejemplo, puede ejercerse perfectamente tumbado y acostado en cama. ¿Qué rompe dicha inercia? Una necesidad externa, de índole fisiológica o social, siendo esta última siempre la más penosa de cumplir, porque implica tensar la atención para oponer una resistencia --una escucha-- a la demanda de un otro. 

No es mi intención ponerme esencialista, pero se me ocurre que el estado natural de la atención es fluido, divagante, peregrino. Sólo cuando una tensión --interna o externa-- apela fuertemente a la atención es que esta pierde su natural fluidez para dirigirse a aquello que la convoca. Ilustro con una digresión: no sé por qué, pero tengo la extraña fortuna de encontrarme naipes tirados en la calle, a donde quiera que voy. Los conservo todos, a manera de tesoros. ¿Cómo es posible que, caminando por la calle, con una atención fluida y perezosa, un pequeño rectángulo de papel reclame poderosamente mi atención de ese modo? No trataré ni siquiera de suponer qué acuerdo secreto hace que ciertas personas encuentren sombrillas olvidadas, billetes de 20 pesos, tesoros brillantes y valiosos, y en cuyo reparto a mí me tocaron los simples y manoseados naipes. Pero sé que se trata de algo que no puedo sino llamar "mágico" porque sé que si saliera de mi casa a caminar por la calle con la expresa vocación de buscar naipes tirados, no encontraría ni uno. Además siempre vienen en series de tres. Pero tal vez eso sea tema de otra investigación.

Continuando con la historia de mi pereza, diré también que de niño me daba mucho miedo dormir. Hay quienes tienen un "talento" natural para dormir que yo no poseo. Al recostarme, esa cualidad fluida y alegre, casi caprina de mi atención, se volvía un hervidero de imágenes y sugerencias --muy amenazantes incluso en su inmaterialidad-- que me mantenían en vilo hasta muy tarde, con el resultado esperable de no tener ganas de levantarme por la mañana para ir a la escuela. Mis padres siempre decían que la noche es para dormir y el día para trabajar, pero yo no le encontraba mucha lógica. El día, con sus luces y sus demandas y sus escándalos me repele --el día, en las antípodas de la noche, de la que debería aprender su calma y su reposo y su flojera. Luego de pasar la mayor parte de mi vida escolar en estado de sonambulismo, empecé a interesarme en las ventajas del sueño lúcido y su práctica, en las que casi siempre encontramos demasiado esoterismo como para tomarlo en serio. Lo que me interesaba era conseguir dormirme temprano para no andar por ahí como zombi. Por principio es necesario recordar a lo largo del día la intención de despertar durante los sueños; existen numerosos procedimientos para esto sobre los que hay información suficiente en Pijama Surf. Meditar un poco antes de dormir, tomar un té de tila, una tableta de melatonina cada tanto para regular el ciclo circadiano, etc. Después, al despertar, es recomendable llevar una bitácora de sueños. Esta fue la clave para levantarme temprano (aunque no para deshacerme de mi pereza ni mucho menos), pues me fui acostumbrando a que despertar movilizara mi atención hacia el cuaderno y las imágenes urgentes del sueño, que se van borrando conforme más tiempo llevemos despiertos. 

Como las virtudes del trabajo, la dedicación, el esfuerzo y otros atributos propios de animales de carga me fueron vedadas, me concentré de manera extrema en cultivar el arte de la pereza. Mi armario está lleno de pijamas, sudaderas, chanclas y toda la colección primavera-verano-otoño-invierno de Ropa de Quedarse en Casa. Al trabajo (si eres uno de mis empleadores tal vez no quieras leer lo siguiente) le dedico el menor tiempo posible, tratando de despejar rápidamente los pendientes para dedicarme a no hacer nada, o aún menos. Hace mucho me di cuenta de que soy incapaz de cumplir con una rutina de 8 horas, pero eso no me condenó al pillaje ni a la hambruna (aunque dedique poco tiempo a ello y defienda hasta la muerte mi pereza, lo cierto es que me considero bastante trabajador); el no poder hacer eso que para tantos es lo más común --levantarse, ducharse, correr en el frío a un centro de trabajo, salir de noche y regresar a dormir-- no me hace un trabajador menos valioso, simplemente tuve que aprender a vivir a partir de mis limitaciones, de los imperativos de mi atención.

Admiro a los que albergan sueños de grandeza y se levantan todos los días sin recordar ninguno, se limpian los grumos de saliva de las comisuras, y salen a encarar al mundo como gladiadores en el coliseo. Admiro a los (y las) que pueden disponer de su atención como de una herramienta más en la caja de las maravillas de la mente, y pueden comandarla y ponerla ahí donde la necesitan, como un rottweiler, y a los que nada se les escapa. Yo, lamentablemente, no poseo ninguna de esas virtudes. A lo más que puedo aspirar es a dormir bien, a borronear un sueño en la mañana, y a permitir que mi divagante atención se concentre poco a poco como una nube de tormenta o como la cresta más alta de una ola a punto de romper. Ahí, en ese punto de tensión máxima, lo fluido en mí se descarga completamente en una o dos tareas muy básicas (una traducción, un artículo, una noticia), y termino exhausto, más o menos a medio día, pero listo para aprovechar el resto del tiempo en ejercicios perezosos y divagantes, fluidos, como es el pensamiento cuando deambulamos entre calles recién llovidas o entre los engranes que dibujan sobre una superficie las formas contrastantes de las letras impresas. Mi héroe personal es el Bartleby de Melville, un leguleyo que no era impotente ni mucho menos, pero que tenía una relación bastante disfuncional con su propia pereza. De él aprendí que está bien decir "Preferiría no hacerlo", pues en esto se encuentra la feliz languidez de la pereza. Digamos de pasada que no hay que confundir pereza con tedio, que es tautológico y aburrido, mientras la pereza está colmada de impresiones pasajeras y gratas, que en ocasiones se transforman, por su misma condensación, en obras acogedoras, fluidas y hospitalarias, como una cama mullida. Existen muchas otras virtudes de la pereza, pero me excuso a mí mismo de enumerarlas: son fácilmente encontrables y al alcance de todos, como democráticos naipes dispersos entre los charcos del mundo.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Espectáculos para nadie (sobre las lecturas públicas)

Desde hace unos años he tenido la extraña fortuna de ser invitado para leer mis textos en diferentes foros. Comencé participando en slams de poesía, o bajo la hospitalaria modalidad del micrófono abierto, cuyos únicos requisitos son la paciencia para esperar el turno en una sesión maratónica y un poco de bravura para encarar la soledad del texto con la soledad del oyente.

Le acabo de leer a Raúl Zurita una frase similar: "Una lectura pública es siempre una soledad apelando a otra soledad."

Por la magia de las asociaciones, desemboco en otra soledad: Una soledad demasiado ruidosa, del checo Bohumil Hrabal, soledad del operario de una máquina que une y sintetiza los papeles dispersos de la cultura, soledad del trabajador apelando a la soledad de su oficio.

Una lectura pública puede ser, efectivamente, una soledad demasiado ruidosa, cuando el ruido está compuesto por soledades dispersas que no se conocen a sí mismas, que no se hacen escuchar. Cuando los escenarios están más llenos que las gradas.

Siempre he defendido que uno debe merecer el silencio que una audiencia le preste: debe ganarlo incluso, disputarlo con la vida, con el humor, con los recursos que uno tenga a mano para levantar un par de palabras frente al mundo no para formar una barrera sino un puente. Un puente invisible pero firme, que aparece milagrosamente no cuando alguien lee, sino cuando alguien escucha.

He sentido la vitalidad de ese puente al constatar que en todas partes existe ese raro ser mitológico, difícil de definir, siempre ajeno a la forma arquetipal del mero lector, a saber, el lector de poesía, o el peatón casual que pasa por un portón y se queda pegado en la cera de los altavoces, un anti-Ulises, un marinero llamado Butes que se deja apresar por el influjo de la voz que viene de las olas, que se pierde ahí.

Ese influjo, según Zurita, no es sino el de uno que "sin esperanzas de ser escuchado, alguien que no soy yo dijese por mí: me estoy muriendo y te doy lo que queda de mi vida, y que desde una galaxia lejana, alguien borroso e improbable, el lector, le respondiese: y yo te doy lo que queda de la mía."

El que lee y el que escucha comparten la vida de una voz (¿tercera?, otra, en todo caso) que los cobija y les presta nada menos que aliento: aliento vital.

En el vértigo de las lecturas, he servido a ese aliento y ese aliento me ha mantenido en pie frente al mundo cuando se convierte en ola y amenaza con romper. Sin embargo, porque todo hay que decirlo, cada vez me queda más claro que las lecturas públicas son espectáculos para nadie: proyectos sacados adelante con amor y necedad que convocan a los "poetas" a compartir el autismo de sus soledades respectivas, sin que aparezca, salvo por milagro --y los milagros ocurren todo el tiempo--, el huidizo lector.

He leído en hermosos escenarios con un sonido magnífico sólo para ser captado por las cámaras mudas que retransmitirán el documento --la imagen-- a las redes sociales; he gritado al megáfono que rompe mi voz y la convierte en ruido; he leído para dos transeúntes sobre Reforma y para los organizadores. Incluso he hablado con amigos de que las lecturas parecen hechas cada vez más para ser documentadas que presenciadas, lo que deja a esa voz-puente de la que hablaba en una posición irrelevante, inútil. Lo mismo daría leer que no leer, mientras las fotos quedaran colgadas en Facebook.

Las lecturas de poesía tienen un carácter cada vez más espectacular y propagandístico que literario: se promocionan las editoriales, el gobierno, los colectivos, y los requeridos a la lectura fungen como embajadores públicos de un mensaje con el que no siempre comulgan. Tal vez sea error de formación, pero para mí una lectura de poesía debería tratarse de la poesía misma, no de la promoción de tal o cual proyecto. Tomar postura no es lo mismo que militar: pero con todo que desconfío de las militancias --el destino del ser humano no es, no puede ser convertirse en soldado--, creo en la potencia vital de la imaginación. No estaría vivo hoy de no creerlo con todas mis fuerzas.

He leído en plazas públicas, en auditorios, en salones de clase, en mercados, en callejones, en teatros, en museos, en fronteras, en ruinas, en casas abandonadas o embrujadas, en dependencias de gobierno habitadas por fantasmas, en parques, en avenidas principales, en azoteas, en bares, en cafés, en cantinas, en restaurantes, en asilos de ancianos, en cárceles, en sanatorios mentales, en cine, radio y televisión, en jardines de niños y en universidades, en autobuses, en andenes, en vagones en marcha, en ventanas, en balcones, en desiertos, en zoológicos, con micrófono o sin él, porque me ha parecido conveniente, necesario, divertido, o porque no he sabido negarme.

Y a veces creo que me invitan incluso por eso: porque no he sabido negarme.

Llevo más o menos diez años diciendo que sí, agradeciendo, parándome en donde me citen para decir mis cosas, tomándomelo como una labor sagrada que sin embargo no es grave, ni trágica, simplemente necesaria. Sigo creyendo que leer en público es necesario, a la vez que voy aprendiendo a decir no algunas veces. Porque la cacofonía que producimos al leer sin escuchar a los demás también nos ensordece.

He tratado de curarme la sordera apelando a nuevos recursos y lenguajes: me he comido mis palabras --las he encontrado dulces y venenosas, como colmenas vivas-- y las he quemado, y me he quemado con ellas, y más de una vez he visto cómo ese puente que servía para acercar me ha alejado de los otros. "Pero Raya, tú no ocupas performance", me dijo Mavi cuando le explicaba mi última intervención. Y tal vez es cierto: tal vez se me olvidó que incluso la propia presencia, cuando no es cimiento de la voz, es estorbo.

Al negarme a participar en ciertos eventos voy a tratar de aprender a escuchar. Quiero convertirme a veces, yo también, en el mítico lector de poesía que llega y toma su lugar en el puente de la voz. Siempre me van a temblar un poco las piernas antes de subir al micrófono, y si la voz tiembla es porque el poema está temblando. Y ahora que lo sé necesito recordarlo: quiero escuchar yo también sin esperar mi turno en esa lista de fusilados frente a la pared de silencio de los auditorios vacíos. Quiero, tal vez, contribuir un poco más a llenar las tribunas despejando los escenarios.

Dice Zurita: "Leer en público es para mí como hablar en sueños." Voy a procurar no hacer mucho ruido para dejar a los soñantes soñar.

domingo, 18 de octubre de 2015

Nietzsche y la voluntad de estilo (10 consejos de escritura)


En una serie de cartas escritas por Friedrich Nietzsche en agosto de 1882 a Lou Andreas-Salomé nos topamos con un brevísimo aunque nada improvisado manual de estilo. Unos 20 años después, Andreas-Salomé publicó el manual en Nietzsche, bajo el título de "Hacia la enseñanza del estilo". A decir de ella, "cada aforismo circunda ceñidamente pensamiento y emoción, como un anillo de oro. Nietzsche creó, por así decirlo, un nuevo estilo de escritura filosófica, que hasta entonces se había apoltronado en tonos académicos o poesía efusiva: él creo un estilo personalizado; Nietzsche no sólo dominó el lenguaje sino trascendió sus insuficiencias. Lo que había estado mudo adquirió gran resonancia." Además de la famosa "voluntad de poder", podemos ver aquí lo que Antonio Alatorre llamaba "voluntad de estilo", una "lucha por la expresión original [que] combate contra el lenguaje configurado que ofrece resistencia a la expresión fresca y nueva."

"Hacia la enseñanza del estilo"

  1. Lo primero debe ser la vida: un estilo debe estar vivo.
  2. El estilo debe ser adecuado específicamente a la persona con la que deseas comunicarte. (La ley de la relación mutua.)
  3. Primeramente, uno debe saber con exactitud "qué y qué se desea decir y presentar", antes de escribir. La escritura debe ser mimetismo.
  4. Puesto que el escritor carece de muchos de los medios del orador, debe por lo general presentar su modelo de un modo altamente expresivo, frente al cual la copia escrita habrá de palidecer. 
  5. La riqueza de la vida se revela a sí misma a través de la riqueza de gestos. Uno debe aprender a sentir cada aspecto --la longitud y demora de cada frase, la puntuación, la elección de palabras, las pausas, la secuencia de argumentos-- como si fuesen gestos.
  6. ¡Cuidado con los puntos! Solamente aquellos que poseen un aliento de larga duración al hablar tienen derecho a los puntos. Para la mayoría, el punto no es más que amaneramiento.
  7. El estilo ha de probar que uno cree en una idea; no sólo que uno la piensa, sino que la siente.
  8. Mientras más abstracta sea la verdad que deseamos demostrar, con más urgencia habremos de apelar a los sentidos.
  9. La estrategia a favor del buen escritor de prosa consiste en elegir los medios que más lo acerquen a la poesía, sin llegar jamás a posarse en ella.
  10. No es recomendable ni sensato privar a nuestro lector de las refutaciones más obvias. En cambio, es recomendable y muy sensato permitirle a dicho lector pronunciarse en último término acerca del valor de nuestra sabiduría.