domingo, 27 de marzo de 2011

Eso no es nada


Narración escénica para web en un acto, tres escenas y varios desvíos

And him whom you do not teach to fly, teach I pray you - to fall faster!

Personajes:

Huberto BATIS (editor y académico)
Antonio ALATORRE (filólogo y académico)
Un narrador
Un gorrión

ACTO ÚNICO

Escena primera


*Huberto BATIS estudia literatura en la UNAM. Fines de los años 50. Sus primeros cuentos han sido publicados en diferentes revistas literarias y criticados por plumas renombradas, encontrándolos notables, entre ellas Rosario Castellanos, Jorge Galindo y quien sería su amigo de toda la vida, Juan García Ponce. Una tarde, ufano, henchido de sí como un pavorreal, le lleva el borrador de su último cuento a Antonio ALATORRE, maestro suyo por aquel entonces. [Desvío:

 En 1955, Antonio ALATORRE tiene que ver directamente con la publicación de libros medulares en la literatura mexicana del siglo xx: Confabulario de Juan José Arreola, El llano en llamas de Juan Rulfo y El laberinto de la soledad de Octavio Paz. Morirá en octubre de 2010.]

La acción se desarrolla en un camión que el espectador puede imaginar de cualquier color siempre y cuando sea amarillo. BATIS le da una carpeta a ALATORRE. Éste lee. Le devuelve la carpeta.*

BATIS: Maestro, ¿qué le pareció mi cuento?
ALATORRE: ¿Cuál cuento?
BATIS: El que acaba de leer...
ALATORRE: Eso no es un cuento.
BATIS: ¿Entonces qué es?
ALATORRE: ¿Eso? Eso no es nada. Mira, Huberto, vas a terminar tu carrera y te vas a convertir en académico. Vas a dar clases. Pero lo que se dice escribir, no. Eso déjaselo a los escritores. *Vase*
BATIS: *Apesadúmbrase. Oscuro.*

*BATIS llega a su casa y "se corta la coleta". Será co-fundador de la revista Cuadernos del Viento y trabajará años en el suplemento sábado del periódico Unomásuno, además de ser investigador e impartir cátedra en la UNAM. Escribirá crítica literaria y memorias (el género literario de BATIS es la memoria, como en Lo que "Cuadernos del Viento" nos dejó). No volverá a escribir ficción.*

Escena segunda

*Cálida tarde en la década de los noventa. BATIS y ALATORRE, colegas, se encuentran en los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras. ALATORRE le pide un ride a BATIS, y éste se ofrece a llevarlo hasta su casa. ALATORRE le invita una cerveza a BATIS. Si tiene tiempo, dice, a ALATORRE le gustaría leerle el primer borrador de una novela en la que trabaja. La acción se desarrolla en el jardín de ALATORRE, en la colonia Las Águilas. ALATORRE termina de leer media centena de páginas.*

ALATORRE: Bueno, ¿qué te parece, Huberto?
BATIS: ¿Qué me parece qué, Antonio?
ALATORRE: ¡Mi novela!
BATIS: ¿Cuál novela?
ALATORRE: La que te acabo de leer.
BATIS: Eso no es una novela; eso no es nada. *Beben. Oscuro.* [Desvío:

ALATORRE nunca publicaría ficción. Su obra más conocida es 1,001 años de la lengua española, pero cuenta con una bibliografía vasta como ensayista sobre poesía moderna y de los siglos de oro, además de conferencias fundamentales como "Crítica literaria tradicional y crítica neo-académica" y "En torno al concepto de literatura 'nacional'".]
y  

Escena tercera

*La acción se desarrolla un viernes en el salón 107 de la FFyL. Un gorrión ha entrado por la ventana del salón casi vacío, pero bien puede imaginarse la escena sin el gorrión a condición de rescatar el canto, lo que es fundamental para hacerse una imagen de la hora (medio día). Nada impide igualmente imaginar un monumento de mujer que no tendrá incidencia en esta historia, pero que podría reconstruir, en caso necesario, la voz robusta de BATIS hablando desde atrás de una modesta pila de revistas y papeles en su escritorio. [Desvío:

La semana anterior a la acción, BATIS ha sufrido una intervención quirúrgica abdominal. Aunado al cáncer del que salió bien librado el verano pasado, se le ve débil; no, débil no, tal vez un poco lento solamente, como tomando grandes cantidades de aire al hablar, como un tenor ejecutando el Coral de la 9a (de Beethoven, claro). BATIS sólo es tan débil como Moby Dick con gripe. Esa mañana, los puntos de la cirugía se le han reventado, pero se niega a ser llevado al hospital. Duele, pero hablará aún largamente.]
BATIS: ...después le conté a ALATORRE que él me había hecho lo mismo hacía muchos años. Y me dijo, llorando, "te chingué". Y yo le dije "sí, me chingaste."

*Oscuro final. τελος.*




jueves, 24 de marzo de 2011

Instrucciones para ver películas con gente

 A Victoria Guerra

Amo el cine pero nunca voy al cine. Mi problema, doctor, es ver películas con gente. No es un problema menor. He tenido grandes discusiones y una ruptura amorosa (durante The Darjeeling Limited (Anderson, 2007), que me la arruinó para siempre) por mi dificultad para ver películas con gente. Empezaré por lo que tengo más cerca, que soy yo, para ver si puedo entender esta repulsión. Si no, sirva lo siguiente para que se lo piensen dos (tres, cuatro, cuatro punto un) veces antes de ver una película conmigo.

Paul Valéry decía que en el momento en que el arco del cello toca las cuerdas, se instala en la sala una atmósfera de magia, donde la incredulidad se desvanece y podemos acceder a una relación con la obra que tenemos enfrente, disfrutarla u odiarla, pero cohabitar en su espacio; si alguien tose o una silla se cae, pongamos, durante la suite No. 1 para cello de Bach, la incredulidad vuelve, hay una interrupción definitiva y la obra, casi diríamos, está arruinada. Por supuesto no siempre ocurre así. John Cage en 4'33'' pone en evidencia precisamente la obra de arte como una forma de la percepción (la obra, por si alguien no la ha escuchado --chiste-- se compone de cuatro minutos y treinta y tres segundos de silencio. Existe una partitura y un compás, por supuesto, el cuál debe seguir quien la ejecuta; el "sonido" en sí se compone de lo aleatorio: las hojas dando vuelta, el caballero que tose y la silla que se cae, el ruido que viene de los corredores, todo eso que Valéry hubiera desterrado de su idea de la música...)

En el cine, por supuesto, tenemos todas estas variables y más. Solía ir al cine con una novia de hace muchos años (de otra vida, casi), e invariablemente tenía que volver a ver las películas que realmente me interesaban porque no podía disociarme completamente del hecho de estar en una sala llena de gente. Ella, conciliadora, me decía que imaginara que estábamos ella y yo solamente, tarea imposible con ese crujir de palomitas por todos lados, con los perfumes de las mujeres (que, pésimo gusto, siguen creyendo que ir al cine es el equivalente a una actividad social, error no solamente femenino, pero muy común: la gente que va con otra gente al cine es porque ya se conoce, no quiere conocerse o está demasiado aterrada para exponer sus verdaderas intenciones); claro que una película con ese buen sonido, con esa pantalla hermosa donde puedes apreciar cada detalle, esa magia, en suma, que ocurre cuando entramos a la cueva del inconsciente y las luces se apagan y podemos asombrarnos otra vez, no tiene la culpa de que la gente sea sencillamente imbécil.

Uno de mis recuerdos más caros tiene que ver con un cine, con una película vista en cine, mejor dicho. Creo que Jurassic Park (Spielberg, 1993) ha sido la película que más veces he visto en cine, con un total de 16. Yo tenía ocho años y desde siempre los dinosaurios me habían (como aún) fascinado. Mis primeras lecturas son láminas ilustradas del mesozoico --no del jurásico, error que noté desde entonces--; mis primeros juguetes, esqueletos y triceratops de plástico; mi primer sueño, la paleontología; mi primera decepción --hoy hermoso recuerdo-- es que los huesos que encontré en mi jardin eran de pollo, puestos ahí por mi madre. Cuando el doctor Grant y la doctora Sattler van en el jeep (aquél modestamente emocionado, aquella francamente escéptica), el vehículo se detiene y Grant se quita las gafas de sol... Podría morir en ese momento: sólo en un cine puede sentirse verdaderamente el temblor de tierra (que es temblor interior también) provocado por el brontosaurio que ha arrancado las ramas más altas de un árbol altísimo y vuelve al suelo. Ahí estaba, ese animal de mis sueños, esa hermosa vaca (como la llama Grant más adelante) frente a mis ojos. Supe que todo era posible. Ahí. En ese momento.

La misma identificación que tuve con el doctor Grant la tengo en mayor o menor medida con cada película que veo. En una breve, brevísima temporada quise ser actor: en realidad quería explorar este rasgo de mi carácter: por un tiempo limitado podía simular con toda naturalidad la lógica de algún personaje. Cuando vi Cyrano de Bergerac (Rappeneau, 1990) terminé con el oído lleno de ritmo: no podía parar, estuve horas rimando y rimando como loco, como quien encuentra una nueva diversión, las palabras. Algo le dije a mi madre que me vio con esa mirada con que me sigue viendo cada tanto, como preguntándose si está a punto de ocurrirme algo terrible, francamente alarmada. Ahí me di cuenta que mi nuevo juguete era un juguete secreto (a esa edad, 12 o 13 años, el cuerpo también es un juguete secreto, y las similitudes con el lenguaje no terminarían ahí...), uno para el que debía hacer espacio, un espacio que eventualmente y no sin cantidad de dificultades terminaría convirtiéndose en mi vida.

Dediqué las noches de mi adolescencia a leer y a ver películas. Libros buenos y malos, películas ídem, de todo aprendí. Se me quedó el hábito de no dormir porque, niño de clase media, no tuve un cuarto propio, como aconseja la Woolf, sino hasta mucho tiempo después; aprendí a robarle horas al sueño para invertirlas en mi diversión más absoluta y más privada. Había pocos libros en mi casa y menos películas aún; nunca tuvimos cable, por lo que me hice aficionado a los videoclubes. Gastaba mis pocos dineros en revistas, algunos libros y muchas películas. Me ha ayudado siempre parecer más viejo de lo que realmente soy, por eso no me negaron nunca películas que no eran aptas para mi edad en los ya extintos Videocentro y luego en el más familiar Blockbuster. Pero querría insistir un poco en la relación "camaleónica" o de simulacro que el cine ejerce en mí.

Es muy simple: Karate Kid (Avildsen, 1984) me produjo una relación con la heroicidad asociada a la violencia, todo lo contrario al karate que había aprendido --lo estudié desde los 3 años--, y me dio mucho en qué pensar; Terminator 2 (Cameron, 1991) me hacía imitar los torpes movimientos robóticos del governator, hacerme consciente de que los robots imitan al hombre para mezclarse entre ellos sin conseguirlo nunca realmente --un poco como yo mismo--, y de hecho el monólogo final de Sarah Connor ("si una máquina aprendió el valor de la vida humana..., etc.") me hace llorar todavía. De mi infancia hay muchas películas de ninjas, por supuesto, de las que salía --cosa normal, ¿no?-- corriendo por las paredes y moviéndome entre hordas de anónimos ninjas cuyos pedazos iba dejando en invisibles regueros de sangre --de tan limpios-- en el camino de regreso a la realidad. Aprendí a imitar las voces de Jim Carrey (algunas de ellas solamente, claro), de Bill Murray, a disfrazarme de soldado, vaquero, robot o dinosaurio, por lo que pensé que lo mío era la actuación... hasta que conocí el teatro de cerca y decidí que prefería verlo desde las butacas. Participé en un par de cortometrajes infumables de pretenciosos y hoy salgo en un videoblog sobre videojuegos, donde no puedo ver mis participaciones sin ruborizarme todavía. De personajes de videojuegos (esa narrativa sin palabras, que dice Pavic) no supero mi absoluta identificación con Solid Snake de Metal Gear Solid. Empecé a fumar para tener la voz jodida como Kurt Cobain, pero ayudó para la personificación que solía hacer en la preparatoria imitando las frases más reconocibles de Snake.

Pero llevo no sé cuántos párrafos (7, claro que sé, es captatio benevolentiae) y todavía no entro al título de este post: cómo ver películas con gente. Este rodeo ha sido necesario para que el lector comprenda que mi relación con el cine es casi tan íntima como con la comida (ambas, educaciones sentimentales de M.), por ejemplo, o en todo caso muy íntima, en todo caso no una relación de "entretenimiento". En el tiempo que empecé a ver cine con alguna seriedad, entendí que todo eso que me pasaba de niño al ver películas eran cosas que ocurrían en mí, pequeñas transformaciones, si se quiere, y que las buenas películas eran esas que no te dejaban indemne, que ejercían esas transformaciones con mayor violencia o sutileza, pero sin camino de vuelta. "A partir de cierto punto no hay retorno; encontrar ese punto", dice Kafka (en mi memoria, que puede no ser precisa). Ese punto hay que buscarlo en las apreciaciones críticas sobre cualquier cosa y con mucha más ferocidad en la escritura. Otro tema. Seré más puntual a partir de ahora, pues ya empezamos con las

Instrucciones para ver películas con gente

1. Evítelo.

2. Si no puede evitarlo, procure conocer la profundidad del interés cinematográfico de la persona con la que verá la película.

2.1 Si no es una sola persona la que lo acompaña sino más de una, dése por jodido: le arruinará la película.

2.1.1 Tres personas en un mismo cuarto son una pequeña comunidad: alguien tendrá hambre, querrá ir al baño, recordará un asunto urgente, entrará en labor de parto. Vuelva al punto 1., que es el único infalible: el cine es lo que le pasa a usted cuando ve películas.

3. Procure hablar de cuánto le interesa ver esta película antes de que empiece la película. Si no le interesa la película:

a) No la vea, hay cantidad de películas que seguro le interesan de verdad.

b) Mienta. La gente tiende a dejarlo en paz a uno cuando lo ven fascinado. Muéstrese muy interesado: eso disminuirá la probabilidad de interrupciones concientes de parte de ellos.

3.1 Prefiera siempre a las personas que tienen suficiente madurez cinematográfica para estar viendo a Humprey Bogart en Casablanca (Curtiz, 1942) sin pensar en The Maltese Falcon (Houston, 1941), ni en el alcoholismo de Bogart.

3.2 Prefiera también a las personas que sepan contar historias sobre el alcoholismo de Bogart con la suficiente madurez cinematográfica para enriquecer la experiencia de lo que está viendo, sin por eso destruir el vacío de incredulidad necesario para que el arte ocurra.

3.2.1 Repítase: el cine (la magia, la poesía) es lo que pasa en mí cuando me pongo en relación con la película (obra.)

4. Trate de evitar a las personas que hablan durante las películas de asuntos ajenos a las películas (hola, P.)

4.1 Prefiera a las personas que hablan durante las películas de asuntos relativos a las películas.

5. Por mor de un ignoto dios ateo, trate de no comer durante la película.

5.1 Si usted es un cerdo de mierda que no puede evitar satisfacer su fijación anal de otro modo, procure no masticar demasiado fuerte.

5.1.2 Es en serio: hay gente que pasa muchas horas componiendo la banda sonora de las películas y pobres novatos que cargan micrófonos hipersensibles para que percibamos detalles como el peso de los personajes según su modo de caminar o el clima según el viento. También los ingenieros de efectos sonoros merecen esa forma de atención que en Occidente valoramos tan poco: el oído.

5.1.3 Si usted se identificó con la situación de 5.1, muérase.

6. La vida se interpone: si el celular de alguien --con quien evidentemente no debió ver la película-- suena, no desespere. Ponga pausa y actúe normalmente aunque quisiera rajarle la cara por la mitad.

6.1 Si el celular de usted suena, no conteste. Si es su madre, diga en voz bajísima que le devolverá la llamada.

6.2 Si es urgente y debe contestar, haga saber al interlocutor que le ha arruinado la película (aquí puede imitar ligeramente a Woody Allen en Annie Hall (Allen, 1977), aunque claro, nunca podrá).

6.3 Devuélvale la llamada a su madre. Después de la película, por supuesto. Cuéntele qué buena estuvo (las madres suelen ofenderse: trate de hacerle ver que valió la pena la espera y que no la odia --poco importa si la odia).

7. Rodéese de gente que sepa más de cine que usted. Mi gurú particular es Victoria Guerra (a quien dedico este post precisamente por eso, pero también porque hoy ha muerto Elizabeth Taylor y sé que está triste.)

8. Sólo puede pausar la película si necesita ir al baño. Si se le ocurre un tuit maravilloso, anótelo y tuiteelo después.

9. Nunca, nunca, nunca, nunca trate de imitar el wit de Orson Welles.

9.1 Nunca. No. (Hola, Herbert.)

10. El cine es el último remanso de lo sagrado que muchos tenemos aún; si el cine significa menos que todo esto para usted, haga favor de callarse y dejarnos ver la película en paz. Coño.



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lunes, 21 de marzo de 2011

10 apostillas suicidas



1. Disclaimer

Hay opiniones más informadas que la mía, tan pobre y parca siempre, sobre el asunto del suicidio; la canónica de Durkheim, la poéticamente pesimista de Cioran o Shopenhauer o Nietszche y mi favorita, la teatral de Blanchot; también se remite al lector a Suicidios ejemplares de Enrique Vila-Matas, El club de los suicidas de R.L. Stevenson y a Levantar la mano sobre uno mismo de Jean Améry; a un número fabuloso de la revista La tempestad, creo que de 1997 (con Artaud en la portada) con un dossier genial sobre suicidio y arte (con entradas sobre Dostoievsky y Rothko, por ejemplo) y a revisar con frecuencia la revista mexicana Los suicidas; al cinéfilo, lo remito a Suicide Circle (Sākuru, 2002) y Mar adentro (Amenábar, 2004). Yo de lo que quiero hablar es de lo mucho que me molesta la treta del suicida y por qué, acaso contar un par de historias como si estuviera en una cantina con el impreciso lector y no aquí con insomnio y preocupación. No me hago responsable si el lector encuentra buenas razones para morir o malas razones para vivir, ni si se mata; leer lo que sigue es firmar un pacto existencialista: el caro lector se obliga a ser irremisiblemente libre.

Lo que sigue puede leerse también como una carta de amor.


2.

Tuve un conocido que se mató hace no mucho. Un joven "poeta". La historia la referí en una serie de tuits que devinieron juego de palabras, algo como #notasuicida, si recuerdo bien. Lo conocí poco. Me honraba cada semana con retazos de sus obras completas, poemas que trataban de lo que tratan los poemas adolescentes: la incomprensión, la soledad, la fiesta, el fin del mundo, matemáticas, poetas suecos, hipopótamos solares, versiones pop de 1984 de Orwell y tetas, sobre todo tetas. Bien. Pues el joven poeta me enviaba archivos de texto de 25 o 30 cuartillas a renglón seguido sin interlineado cada semana. Esperaba "comentarios y correcciones". Me presté al juego y opiné (si hay reencarnaciones espero reencarnar en un ser sin boca; cabeza, no nos desviemos...) Comenté, pero no corregí; una querida amiga me dijo que los poemas te dicen algo o no te dicen nada, y yo le creo. Los poemas del joven no me decían nada, efectivamente. Incluso le compartí mi interpretación de su trabajo: le dije que tal vez lo suyo era una hipergrafia como mecanismo representacional de la imposibilidad de la comunicación; la metáfora de la sobre-escritura como denuncia de nuestra capacidad y desinterés de lectura en la era de la información; escritura como performance, como baile de las manos, como opción de futuros proyectos. No quedó satisfecho: quería la gloria literaria o nada, y siguió buscando de mí (¿por qué de mí, que sólo quiero ser Nadie en paz?) alguna forma de aprobación. Le dije que no tenía más que decirle, pero no dejó de escribirme, incluso después de morir.

Llamé a su casa a petición del último correo que me envió, donde decía que se mataría y deseaba que yo hiciera algo con sus papeles y archivos, porque (cito) "era el único que lo había tomado en serio". Fui. Algo le dije a su hermana, muy neutral, y a su madre que estaba en shock; recibí una carpeta grande y una memoria USB Kingston negra de 2 GB. Luego supe que accedieron a dármelos a petición del chico porque él les había dicho que yo se los pedí para editarlos. No tengo vocación de un Max Brod, y el chico no era ningún Kafka. Intenté devolver los materiales pero la familia se mudó. No sé a dónde.



3.

He conocido cantidad de chicas con cicatrices en las muñecas. Yo tengo una bastante profunda aunque pequeña en la muñeca izquierda, que me hice por accidente en un performance. Las de esas chicas son menos que intentos fallidos, son constataciones de incapacidad; habiendo medios sencillos e infalibles, eligen uno casi quirúrgico, histérico y dramático. No me opongo filosóficamente al suicidio, pero me opongo férreamente a su teatralización (como no sea en un seppuku, que tiene que ver con un mundo absolutamente diferente: la muerte es humilde porque es un regalo para el otro, prenda de lealtad y honor, no capricho; los participantes del seppuku están en la más cercana de las relaciones afectivas --que imagino suerte de compadrazgo. Cabeza, no nos detengamos...) En esos términos, un suicidio debería ser un monólogo.

En otra ocasión , una muy querida amiga me llamó aterrada y sobrepasada por la cantidad de cosas que no podía arreglar de su vida (eran asuntos de trabajo y familiares, artísticos para no variar, pero sobre todo de inseguridad personal). Pasé seis horas diciéndole algo, y al final no se mató. Me sentí bien entonces, pero no hay nada que hacer frente a una inseguridad como la suya, así que eventualmente nos mandamos al carajo: ella a mí por no poder escucharla en los términos que ella necesitaba, y yo a ella por hacerme su rehén emocional. Ningún amor justifica tamaño chantaje. Sin embargo algunas personas sólo necesitan decir esas cosas en voz alta para sentirse mejor. Antes yo sabía escuchar y abrazar; ahora sólo tengo argumentos y cada vez menos abrazos. Por eso escucho un poco el flirteo suicida, digo poco, luego meto la cuchara y acabo peleado con la gente. Sí, el suicidio (aún su previsión) es monólogo, pero también hay monólogos con espectadores. Una virtud recomendable para el espectador es la atención sin reacción, el silencio vivo.


4.

Soy partidario de la eutanasia, y no hay que imaginar casos tan extremos como el de Mar adentro para justificarla: creo que hay un momento en que uno debe aceptar que la inmortalidad es imposible y tener la cortesía de laisser passer. Cuando uno no puede trabajar ni disfrutar, no sé qué rezago nostálgico se busca preservar. Me aterra, como a todos, pensar esta perspectiva en relación a los que quiero. Me aterra pensar en la muerte de mis padres, en si podría hacerme cargo de ellos cuando sean muy viejos. Mis padres son católicos y lectores asiduos de este blog --saludos, folks--, por lo que la eutanasia debe parecerles contraria a la propiedad de la vida, que para ellos sólo la tiene dios. La vida como yo la entiendo es la vida de los sentidos, y no es una propiedad: la vida se ejerce, no se posee. Si no podemos ejercer la vida, no vivimos. La muerte es un trámite, más o menos engorroso en su aspecto burocrático, pero necesario.

Pero cuando se refiere el asunto de la muerte de uno mismo en un momento arbitrario, en un darse muerte (lo cuál es imposible, como dice Blanchot, porque la muerte no es una cosa como tal, no es un objeto; en ese sentido es teatral el acto suicida porque monta una escenografía --cuya semiótica es interesantísima-- destinada a producir en él las condiciones que puedan provocarle la muerte. Cabeza, no te desvíes...), soy de un existencialismo muy pragmático: uno no puede evitar ser libre. Sin embargo, secuestrar el afecto, ese "pedir ayuda" del que se habla me parece lamentable. Yo ya no sé qué decir cuando alguien me dice muy en serio que quiere matarse (siempre es en serio aún cuando no lo sea, como todo relato, y el lector suspicaz habrá notado que, por estas historias, algo tengo que la gente en vez de darme galletas o libros me hace partícipe de su Todstrieb, o más bien de su incapacidad para la soledad). El problema es que me gusta escuchar historias, y no miento si digo que en algún momento casi toda la gente que conozco con cierta profundidad me ha confesado intenciones suicidas: conocí a una ex recomendándole The SUICIDE series de Bill Thomas, que ilustra este post.


 
5.

¿Confesar? Me siento como un padre católico de repente.



6.

Hay casos también de increíbles apegos a la vida: Alive (Marshall, 1993) y 127 hours (Boyle, 2010). Pero lejos de ponerlos como ejemplos para disuadir suicidas, querría tomar una posición un poco más radical. Al igual que hay gente capaz de ejercer su libertad para buscar vivir, está bien que la misma libertad pueda ser usada para buscar la muerte ("buscar" es impreciso y eufemístico: la muerte puede ser encontrada en cualquier bala o en una dosis adecuada de embutramida, curaré o arsénico). Vaya, que la vida vivida como obligación debería ser ilegal. Las condiciones biológicas y sociales de la vida no son, no pueden ser la vida. La vida es el performance de la vida, el llevarla-a-cabo individual. Por eso detesto verme en medio de secuestros sentimentales, de mensajes de texto o cartas de borrachos y borrachas que juegan al mártir, al doloroso incomprendido, que pretenden alguna palabra de aliento, una enumeración de sus cualidades (aunque lo nieguen siempre) o una razón para vivir. Como si vivir pudiera razonarse. Si se busca la llamada razón para vivir fuera de uno, tal vez lo más conveniente sea la muerte. Su imagen propia no le es suficiente y desearían que uno les construyera otra. Que se jodan.


7.

En mi visión del mundo, después de la muerte no hay nada --ni paraíso ni infierno ni reencarnación. Sólo el más absoluto no-ser. Hace poco leí que para la construcción de la subjetividad según Leo Bersani la memoria sería, para decirlo pronto, un atributo de la fantasía; el yo registra sus reiteraciones en el mundo, pero como lo hace a través de fantasmas, toda historia es el relato de una fantasmagoría, incluso lo que comimos hoy en la mañana. No hay más que ahora, y nada más que ahora merece atención. Nuestras acciones tienden a proyectarse y proyectar, siguiendo el esquema de reiteraciones, nuestras próximas apariciones en el mundo; pero desde un punto de vista formal esto es utópico: no estamos nunca en el mundo que estaremos. No se trata tampoco de decir "¿a qué pensar en ello?" y a otra cosa, sino de integrar a nuestros planes para el futuro la conciencia de la propia contingencia, del ser como accidente. Allá donde todavía no soy, como quería Pascal, pero hacia donde mi ser-sujeto tiende, me preocupa muy modestamente. Me preocupa tener cereal para desayunar mañana, suficientes cigarros para pasar la noche, trabajar (escribir) hoy sin pensar en el raro destino de las cosas escritas --inane en muchos casos.



8.

Dice Baudrillard (me gusta, por ejemplo, conservar las citas en presente: lo escrito --cabe imaginar-- siempre se dice en presente) que la tarea de los hombres de este siglo sería precisamente asegurar las condiciones de posibilidad de la vida sobre la Tierra. Lo estamos haciendo terriblemente. Pero lo que quiero destacar es que no hay obligación de procurar las condiciones de vida ni siquiera de uno mismo. Que la vida no es una obligación; que cada vida individual es el modo puntual en que la vida humana se actualiza, pero eso es un hecho sin calidad de valor. Que a veces se necesita valor para vivir, pero que si no se encuentra alegría en el mundo tal como es, y no se tiene curiosidad (imaginación) suficiente para buscarlo, se está buscando en el lugar equivocado. Que si no se encuentra belleza (la vida en su puro ser vida) en la propia vida, hay que inventarla. Que la vida en todo caso es un juego y nadie obliga a jugarlo, pero si decidimos jugarlo, haríamos bien en tomarnos el juego en serio.


9.

Por cierto, el antídoto para la embutramida es la fisostigmina, analéptico e inhibidor de la colinesterasa.


10.

Yo sólo quiero morir en voz baja, anónimamente y sin hacer mucho ruido.


 

Todas las imágenes son de The SUICIDE series, de Bill Thomas. 
Dato curioso: si introducen en Google "suicide bill thomas" y van a Imágenes, aparece mi foto.